A pesar de los abusos cometidos por las instituciones religiosas, sigo formando parte de una comunidad de fe. Es en comunidad que soñamos, celebramos y perdonamos. Es en comunidad que practicamos misericordia y cultivamos la ternura. Es en comunidad que aprendemos a convivir con la otra persona. Es en comunidad que nos nutrimos del misterio de la fe.
Viene a la mente la historia de una amiga mía. Su colonia en la ciudad capital la construyeron sobrevivientes del terremoto del 4 de febrero de 1976. Las y los católicos, organizados en comunidades eclesiales de base, se reunían en casas particulares. Celebraban su fe y buscaban como atender a las muchas y urgentes necesidades de la comunidad. ¿Su sueño?
Construir una iglesia como manifestación concreta de su esperanza por un futuro mejor, un edificio construido por todas y todos, para todas y todos, que proclamaba “Dios está aquí.” En dos oportunidades habían formado comités pro-construcción del templo. En dos oportunidades, los hombres que presidían estos comités habían robado los recursos.
De allí, nombraron a esta patoja de 18 años para organizar la construcción del templo. Ella dejó de ir a la escuela un año. La comunidad se organizó, repartieron tareas, consiguieron recursos, y construyeron la iglesia con sus propias manos. Allá está, hasta el día de hoy. Y a veces, durante la misa, los vecinos se acuerdan de lo que, un día, ellos mismos hicieron.
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